Pintura gotica

Posiblemente sea la colección de tablas góticas de los pintores medievales denominados «primitivos valencianos» la que más renombre ha dado al Museo de Bellas Artes de Valencia, tanto por la calidad como por el completo discurso artístico que permiten desde finales del siglo XIV y todo el XV, representados por una amplia selección de retablos de ese tiempo, ya completos o fragmentos de ellos. Técnicamente están ejecutados al temple sobre tabla, procedimiento que estará vigente hasta bien entrado el siglo XV, y por influencia de la pintura flamenca se fue sustituyendo por la técnica al óleo, que permite un colorido más denso y un manejo más dúctil.

Esta influencia artística continuará hasta 1400, momento en el que los talleres autóctonos empiezan a formular sus propios modelos, alcanzando una de las etapas más maduras de la pintura medieval valenciana, parangonable con lo más bello y refinado que se pinta en Europa en esos momentos. Dentro del siglo XV podemos distinguir dos estilos: el internacional y el flamenco. El primero, que dominará la primera mitad del siglo, está caracterizado por fusionar las diversas tendencias pictóricas en un estilo nuevo de líneas ondulantes y sinuosas, desligado de los arcaísmos anteriores y tendente a un preciosismo refinado y detallista, lo cual puede comprobarse en el italianizante Retablo de Fray Bonifacio Ferrer o de los Sacramentos, obra de extraordinaria calidad y perfección técnica, en la que algunos historiadores creen ver la mano de Gerardo Starnina, o el Retablo de la Santa Cruz, atribuido a Miguel Alcanyís, obra maestra del momento por su intenso dinamismo y reinterpretación de los modelos del germánico Marçal de Sax. Otras piezas singulares son el Retablo de San Martín, Santa Úrsula y San Antón, de Gonçal Peris Sarrià, un pintor dotado de un elegante y refinado trazo de líneas, que lo sitúa como el más representativo del estilo internacional; la pequeña tabla bifaz de la Verónica de la Virgen y la Anunciación de Gonçal Peris con posible intervención de Pere Nicolau; y finalmente, de este último artista, el desmembrado Retablo de los Gozos de la Virgen, procedente de Sarrión (Teruel) concebido desde los supuestos del gótico internacional más refinado.

Es en la segunda mitad del siglo XV cuando se acentúa la impronta flamenca. Frente al refinamiento cortesano plasmado en estilizaciones de hondo lirismo idealizado, un nuevo estilo ofrecerá una captación más sensible de la realidad cotidiana, aunque pervivan todavía convencionalismos como el fondo dorado gofrado. Las novedades flamencas, centradas fundamentalmente en la técnica al óleo, quizá se pudieron conocer en Valencia directamente de la mano de Jean van Eyck, que recorrió la península en 1428, o bien por ciertas obras importadas, aunque se desconoce la fecha exacta de su llegada. Este estilo encontró rápidamente seguidores locales como el anónimo Maestro de Bonastre, cuyo Díptico de la Anunciación deja ver el dominio de una técnica impecable y preciosista; o el más modesto Maestro de Altura, con una Santa Catalina a mitad camino entre lo internacional y lo flamenco.

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